jueves, 10 de diciembre de 2009

Danzad malditos

Cuando era algo más joven y tocaba el clarinete en la calle siempre había algún cateto integral de tomo y lomo tamaño estándar edición limitada que se ponía delante a danzar y hacerme burla con las manos. Esos pífanos del siglo XXI utilizaban su grotesco sentido del humor y su nulo sentido del ridículo para tratar de hacerme sentir ínfimo. Obviamente, con una mezcla de incomodidad y de vergüenza ajena, no conseguían más que hacereme reflexionar sobre la efectividad de las reformas educativas en este país.
Hoy lo he vuelto a experimentar. Estaba apoyado en una valla mientras un compañero grababa una cúpula con su cámara y de repente el demonio se ha manifestado escondido tras un rapado con el coeficiente intelectual de una cabra. Me ha hecho los mismos gestos risueños que aquellos varbilampiños gamberros de mi infancia. Qué recuerdos, por mi mente han pasado gentes con mote de hortalizas o embutido, chándales con un sobrenombre escritos con oro en el olimpo de la tontuna y hasta aquellos gamberros fascistoides que se las daban de machos y ahora necesitan ayuda para rellenar un formulario.
Tras no darle demasiada importancia proseguimos nuestra jornada laboral que casi por inercia terminamos frente al Congreso de los Diputados. Mientras vuelvo a la redacción reconozco a Pujalte, ese otro bigote del PP, entre los viandantes que remontan la carrera de San Jerónimo. Probablemente si nos hubieramos puesto a grabar Pujalte se hubiera atusado el pelo y hubiera hecho gala de su sonrisa socarrona. Sin embargo, no se por qué pero estoy casi convencido de que tal vez si yo hubiera tenido un clarinete entre manos Pujalte hubiera bailado y gesticulado para burlarse de mí.

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