miércoles, 2 de diciembre de 2009

Y la moraleja es...

En la Moraleja, de espaldas, todos los tipos parecen Alejandro Agaj. Lo sé porque ayer la visité por primera vez. Así, con mi recién estrenada identidad y con un kilo de repelente contra infames me decidí a mezlcarme entre sus habitantes. Primero tuve que sortear a unos cuantos millonetis que reclamaban una multa por mal aparcamiento de una forma bastante airada. Después ,pasé por al lado de unos renos que yo creía fabricados en mimbre pero que ante mi presencia empezaron a centellear cual astros luminosos. No exagero si aseguro que aquellos ciervos, renos o similares, consumían más luz que toda la región del Caribe.
Tras sentarme y pedir un café con leche, llamado al que la camarera acudió con tres tipos de leche distintos entre los que un servidor no encontró diferencia, advertí uno de los mayores secretos de la Moraleja: todos tienen algo que ocultar. No lo digo por decir, no. Primero descubrí a un tipo pincel, de esos que tienen el cuerpo más estirado que la madera y el pelo pintao, llevaba lo que habitualmente se conoce en Madrid como un filete. Es decir, esos flequillazos del tamaño de una ternera de Argentina y que utilizan para taparse la cara. Será la juventud pensé y seguí mojando un churro en el café. En eso entró una pareja de jubilados, bueno matizo, de retirados, porque para jubilarse hay que haber trabajado antes, y para mi sorpresa también ocultaban su rostro. El hombre con una barbaza y una boina que podría haber comprado en que habrá comprado en algún lugar atendido por Minuca, Moluca, Imbécil y que le ha costado lo que tú querido lector ganas en un mes.
Pensé, las mujeres salvarán a la Moraleja, pero, ni con esas. Cuando atisbé a la señorona que entraba con su abrigo de piel me di cuenta de que ella tampoco iba a mostrar su rostro. Embutida en un cuello vuelto, su carne se arrugaba hacia los aros gigantes de sus gafas. Además, su faz, siempre quise utilizar la palabra, estaba bañada en un kilo de algún tipo de betún o maquillaje y un gorro calado al estilo francés. Aunque es siniestro que la mala conciencia de estos ricachones no les deje dar la cara, me pareció gracioso que todos aquellos personajes hicieran cola para leer el Marca. Y es que amigos, ese es el verdadero pegamento de la cohesión española.

2 comentarios:

  1. La moraleja es que todos los que lleváis barba tenéis algo que esconder? o sólo los ricos barbudos?

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  2. a veces me pregunto si chimita lee el mismo blog que leo yo

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