lunes, 29 de noviembre de 2010

La misma aleación

Cuando el ánimo en el frente se extinguió por completo y la II República se replegó en la provincia de Alicante para dar sus últimos suspiros, la Fábrica Nacional de la Moneda, se instaló en un pequeño taller de mi pueblo, Aspe. La llamada Factoría D, última factoria de billetes republicana, apenas duró seis meses. Más o menos el tiempo que tardó el bando Nacional en acabar con la agonía republicana en el puerto de Alicante. Por esas fechas, el novio de mi tía ya había sido asesinado como miembro del ejército Popular en un frente al que había acudido sin ninguna convicción izquierdista.
Al acabar la guerra, el recién estrenado gobierno Nacional desmanteló la fábrica y se llevó de vuelta a Madrid a las máquinas que acuñaban las monedas. En la mudanza, tal vez por despiste, tal vez porque pesaban mucho, los encargados de empaquetar todo olvidaron una saca con monedas sin acuñar. La familia de mi abuelo, cuyo taller para hacer carros estaba muy próximo al lugar de la fábrica, se hizo con aquel botín de monedas limpias de ideología. El pragmatismo y las prisas del Generalísimo por echar a rodar su nueva España hicieron que en la Casa de la Moneda se utilizara la misma aleación, el mismo tamaño e idéntico peso que sus antecesoras de izquierdas. La peseta siguió siendo peseta pero ésta vez adornada con el yugo y las flechas de la Falange. Por entonces, el populismo y la parafernalia del partido único ya habían llamado hasta sus filas a mi abuela paterna y mi abuelo materno.
Eso fue en 1939. Mi padre, nació en octubre de 1953, ya en una España Grande y Libre. 15 años después de la constitución del régimen franquista las monedas seguían siendo las mismas. Cuando mi padre tuvo suficiente edad como para acudir a los recreativos a ensuciar sus jerseys con la grasa de los futbolines, mi abuelo, constructor de carros tradicionales en la época en la que los primeros 600 empezaban a pasearse por las calles, le confió el secreto familiar. Los bolsillos de mi padre se llenaron con aquella pequeña fortuna sin rostro. Las máquinas de pintball o los billares, que no sabían distinguir el olor político del metal, tragaban con el engaño. Así se contentaba a dos Torres, el uno por poder dar alivio a la economía familiar, el otro porque, sin saberlo, metía con el engaño sus primeros goles en la portería del régimen.
Estos días, cuando leo el periódico o escucho la radio, no puedo evitar acordarme de esa historia familiar. Oigo en la radio que la guerra nuclear en Asia es inminente, que el fanatismo de Irán es inconcebible, que palestinos e israelíes no avanzan... Y yo, que no soy nadie, sólo espero que en algún lugar de las dos Coreas o en un hospital de Jerusalén esten naciendo ahora mismo los hijos de unas monedas sin acuñar.

4 comentarios:

  1. Había oído hablar de este artículo y es tan estupendo como me habían comentado, incluso mejor.
    Rosa

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias Rosa, no sé quién te lo habrá podido decir. Pero me alegro de que te haya gustado.
    Carlos.

    ResponderEliminar
  3. Me había hablado del blog mi hija Alba y ya he mandado tu dirección a mis amistades que me dan la razón: Eres genial escribiendo.
    Rosa

    ResponderEliminar
  4. Anda! ayer mismo me la encontré por la calle. Pues muchas gracias y aupa Andorra!

    ResponderEliminar