viernes, 17 de diciembre de 2010

Cuarto de siglo

Aquel año empezó un martes y desde oriente llegaron las buenas nuevas: Mario Bross había nacido en un pesebre fabricado con las fichas en L de un Tetris recién inventado. En los cines se estrenó Back to the future y el Oscar a la mejor película se lo llevó Memorias de África. Un tipo con melena que lo mismo arreglaba una estufa de gas butano que luchababa contra un peligroso grupo terrorista vasco empezó a ser el protagonista de una serie llamada Mcgyver. No todo fueron buenas noticias, hubo un gran terremoto en México D.F., más de 10.000 víctimas por unas inundaciones en Bangladesh y Sean Penn se se casó con Madonna. Malos tiempos para el periodismo, el Papa Juan Pablo II beatificó a un periodista holandés.
En sus 365 días Mijail Gorbachov se hizó con el poder de la URSS, el Barça ganó la liga y la población mundial era de casi 2.000 millones menos que ahora. Unos entusiastas buscatesoros encontraron los restos del Titanic y las mujeres podían ser por primera vez policías en España. Con un par, el ayuntamiento de Móstoles firmaba la paz con Francia y, tal vez para celebrar tamaña fecha histórica, un puñado de artistas grababa en Hollywood el single "We are the world".
El buen espíritu no duró tanto, una final de la Copa de Europa entre el Liverpool y laJuventus acabó con 39 aficionados muertos por una avalancha humana. ETA liberó a cambio de 150 millones de pesetas a un empresario que había mantenido secuestrado durante 38 días. Ese año también nací yo y desde el balcón de mi casa, por primera vez, vimos pasar a unos cuantos corredores que desafiaban el frío en la Media Maratón Valle de las Uvas. Este mes, la prueba cumplía 25 años, pero en la comunidad de la Fórmula Uno, la GP, los Másters de Tenis y las Copas Américas, un cuarto de siglo después no hay prespuesto ni subvención para que un buen puñado de corredores disfrute del atletismo. Porca miseria, habrá que esperar a que Fernando Alonso, que por entonces calzaba cuatro añitos, venga a enseñarnos a los valencianos qué es el deporte.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Descarrile

Mamá ordena que la chica filipina vuelque una caja en el salón. Él mira entre la inmensa marea de cachibaches y entre todos sus juguetes escoge una locomotora. Leticia quiere jugar a las princesas pero él prefiere rayar el parqué del suelo con su tren más rápido que el viento. Pi piiiiiiiiii chucu chucu chu... Papá los vigila desde lejos pero ya no tiene edad para andar corriendo detrás de ellos. Además, en éstas fechas, como cada diciembre, anda enfrascado en preparar su acción más importante del año y ya casi la única.
Ha venido a casa el tío Pepe y, al ver a Felipe jugar con el regalo que le ha hecho, sonríe orgulloso. Mamá le regaña pero el tío replica "no seas dura". Aún así ésta le recuerda al niño que no se manche las manos de polvo con los vagones de clase turista. Pepe se lleva de paseo a los niños, en la puerta aguarda tita Esperanza y el primo Barreda. Para convencer a Felipe le deja llevarse su trenecito. Leticia llora y reclama la atención "si él sale de casa, yo también". Mamá les deja ir con la promesa de que vuelvan antes de que anochezca. "Ahora a Albacete se tarda muy poquito, Sofía", dice el tío Pepe.
Las vecinas con las que se encuentran, en vez de apretarle los carrillos y llamarle hermoso, le aplauden y le gritan "guapo". Por el camino se aburren. Pepe, Barreda y Esperanza hablan de cosas de mayores que ellos no entienden. La niña tiene otra rabieta y nadie consigue que se calle hasta que le dejan cortar la cinta con la bandera de España que alguien ha colocado en la estación. Lo veo todo por la tele mientras trato de comprar mi billete de tren a Alicante. Tengo la fea costumbre de volver a casa por navidades. Alguien ha decidido que por la web sólo se puedan escoger dos viajes al día, que uno de los trayectos más reclamados por los usuarios suba más de un 15% y que el viaje a Elda tarde casi lo mismo. Está en todos los canales, ellos viajan gratis y televisado. Aún así, siguen llamándole familia real. Yo sé que debería enfadarme pero no puedo... ¡son tan campechanos!

martes, 14 de diciembre de 2010

Pases a destiempo.

Cuando salgo a la calle siempre me cruzó con un gitano que vende flores bajo de mi casa. Debe tener más o menos mi edad. Si no está vendiendo claveles o rosas agarra una muletilla y se pone a dar pases. A veces, desde mi ventana lo veo esperar a que el semáforo se ponga a parpadear para poder torear a los peatones que corren. A pesar de todo, nunca se arrima demasiado a las reses.
Una vez me paró para contarme su historia. José Francisco Moreno Moreno era el nombre completo que figuraba en la partida de nacimiento que se arrumbaba en el juzgado de paz. José por el padre y Francisco por el abuelo materno, pero, salvo su madre, nunca nadie lo llamó José Francisco, ni Pepe, ni Paco, ni Quito, ni Quico.
El día que él nació, otro José, José Cubero el “Yiyo”, se disponía a entrar a matar a Bulero, el sexto de la tarde. Cuando el matador atravesó con el acero de la espada al animal, el último latigazo de vida del toro sirvió también para la muerte del torero. El Yiyo cayó desplomado al mismo tiempo que el mito se aupaba a los altares del callejón.
Lejos de allí, al píe del catre, donde su madre acababa de parirle, el abuelo pasó la mano por su pecho y casi sin vocalizar, asustado por la fragilidad del cuerpo de su primer nieto, exclamó “este va a tener hechuras de torero, como el Yiyo”. Desde entonces, todos pasaron a llamar así al mayor de los Moreno, todos salvo su madre, que para eso lo había parido con esfuerzo en una asfixiante tarde de agosto. Antes de marcharme me dijo que el creía en la reencarnación. Yo le miré y, tras comprarle un clavel por compasión, pensé que aquella tarde soleada de 1985 también había muerto un toro.

EstudiosGrandMother

Mi abuela es una entrañable mujer de 85 años que obliga a su nieto a llamarla "abuelita" por más que éste mida un metro ochenta y calcé un 46. Contarle que he dejado el trabajo me ayudó mucho. Sus amplios conocimientos sobre el mercado televisivo y su escasa virtud para morderse la lengua fue mejor que haber contratado un psicoanalista argentino.
En primer lugar, ella lo tiene claro, quiere que ahora trabaje en Antena 3 . Puntos a favor: "en Telecinco son todos unos monfloras (sinónimo nada cariñoso de la palabra homosexual)". El segundo argumento que esgrimió fue Gran Hermano, no por el reallity en si, si no porque los concursantes son "unos cochinos". Apuntaló en sus convicciones que "hoy en día son peores las mujeres que los hombres". No dijo nada de Viceversa porque aseguró que "aun no ha salido ninguno en el programa".
Ahora bien, me advirtió que no se me subiera el pavo a la cabeza. "Cuidao con lo que haces, nene", porque si hay tres cosas que no le gustan nada a mi abuela que haga en la vida son: drogarme , salir por la noche a oscuras y meterme con Isabel Pantoja (no por ese orden).
Estaba apuntando yo su doctrina en mi cerebro cuando en la tele irrumpió Rubalcaba ("Hay un hombre en España que lo hace todo", cantan los Astrud) para hablar de la huelga de controladores aéreos. "Jajaja, que lo hagan con su pichina", espetó. Insólito, la buena mujer no es defensora de la militarización de los controladores, qué va, ella prefiere de la genitalización de su trabajo.
Así las cosas, mi abuela, que es a hilar temas lo que Messi al gol, me habló de la verdadera huelga del mes: Kiko Hernández, el colaborador de Sálvame, no había merendado para reivindicar su derecho a participar en Eurosvisión. Por lo visto, es un desastre del copón que el Ente Público (siempre quise decirlo) no deje al ex-gran hermano cantar a ritmo de bachata. "Que arrós caldoso más lindo tienen, no dejarle participar al muchacho". Y de verdad que lo sentía la mujer. Le pregunté por qué le afectaba tanto y me contestó que aunque a mi no me gusten esos programas "que sepas que la 5 supera en audiencia a la 3 en todos los horarios, además yo quiero que te hagas maestro como tú padre". Me fuí de allí sin saber si mi abuela prefiere que trabaje en una o en otra cadena pero con la clara convicción de que ya no la llamaré nunca más abuelita, si no EGM.