martes, 14 de diciembre de 2010

Pases a destiempo.

Cuando salgo a la calle siempre me cruzó con un gitano que vende flores bajo de mi casa. Debe tener más o menos mi edad. Si no está vendiendo claveles o rosas agarra una muletilla y se pone a dar pases. A veces, desde mi ventana lo veo esperar a que el semáforo se ponga a parpadear para poder torear a los peatones que corren. A pesar de todo, nunca se arrima demasiado a las reses.
Una vez me paró para contarme su historia. José Francisco Moreno Moreno era el nombre completo que figuraba en la partida de nacimiento que se arrumbaba en el juzgado de paz. José por el padre y Francisco por el abuelo materno, pero, salvo su madre, nunca nadie lo llamó José Francisco, ni Pepe, ni Paco, ni Quito, ni Quico.
El día que él nació, otro José, José Cubero el “Yiyo”, se disponía a entrar a matar a Bulero, el sexto de la tarde. Cuando el matador atravesó con el acero de la espada al animal, el último latigazo de vida del toro sirvió también para la muerte del torero. El Yiyo cayó desplomado al mismo tiempo que el mito se aupaba a los altares del callejón.
Lejos de allí, al píe del catre, donde su madre acababa de parirle, el abuelo pasó la mano por su pecho y casi sin vocalizar, asustado por la fragilidad del cuerpo de su primer nieto, exclamó “este va a tener hechuras de torero, como el Yiyo”. Desde entonces, todos pasaron a llamar así al mayor de los Moreno, todos salvo su madre, que para eso lo había parido con esfuerzo en una asfixiante tarde de agosto. Antes de marcharme me dijo que el creía en la reencarnación. Yo le miré y, tras comprarle un clavel por compasión, pensé que aquella tarde soleada de 1985 también había muerto un toro.

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